HAGAMOS AL HOMBRE A NUESTRA IMAGEN
En una pequeña oficina de color claro con un fuerte olor a flor marchita, una imagen del Cristo crucificado cuelga de la pared, su cara muestra el dolor de una vida en sacrificio por la expiación de nuestras iniquidades; junto a Él, un cuadro de la madre del “todopoderoso” que marca en forma clara el territorio santo en el que me encuentro. Estoy a punto quitarme los zapatos y hacer una reverencia. Me imagino una voz como el trueno que baja del cielo y me dice: ¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí? El Santo Padre está en una esquina de la habitación en una fotografía a color, el blanco de su vestimenta me hace pensar en mi vida pecaminosa, creo que él debe meditar en lo mismo, el blanco le debe hacer pensar en su vida pecaminosa. Sigo con la sensación de que alguien me observa, debe ser mi imaginación, sí, debe ser mi imaginación. Frente a un escritorio moderno de color café hay unos cuantos papeles en perfecto orden, en un orden casi enfermizo. Un celular de última generación le da el toque justo de modernidad y contrasta con la intención austera que pretende proyectar la oficina. Otro cuadro, que representa el camino del bien y del mal cuelga de la pared. Un camino ancho, lleno de bares, violencia, peleas callejeras, prostíbulos, muertos. Mucha gente va caminando por la gran avenida, la avenida de la muerte. Caminan como si nada, incluso hay sonrisas en sus caras, van alegres y casi bailando, disfrutando en plenitud la dulzura amarga de la vida. No se dan cuenta que al final del camino hay una gran fogata, una celebración, asado al que están todos invitados como plato principal. El otro es un camino angosto. Muy pocas personas han elegido caminar en el. A medida que avanzan el camino se hace cada vez más empinado y se nota que las personas van cansadas. A pesar de todo van alegres y dispuestos a seguir adelante. Al final del camino hay paz. Una gran nube encierra un paraje desconocido. Da la impresión de querer estar en ese lugar. Un ojo desde el cielo observa todo esto. Es un bonito cuadro. Observo mi reloj, el padre se ha demorado demasiado. Voy atrasado en el camino de la salvación y él también. Pienso en tomar asiento o tomar lo que sea, si no es mucha molestia que sea doble y sin hielo. De pronto la memoria empezó a volar. Recuerdo cuando me senté en el papa-móvil en una visita al museo de carabineros, con la hija de un importante pastor evangélico. El carabinero encargado del recinto me dijo que unas monjitas se habían sentado en el mismo asiento que ocupo el Papa en su visita a Chile; habían sentido una sensación especial, diferente, mística y que lloraron afectadas, pero no de dolor como Cristo hace dos mil años, sino con la alegría de ese popular éxtasis religioso, de tocar con el culo el mismo asiento que toco ese culo santo, ése culo especial, ese culo ahora idolatrado, perdón, venerado. Luego pensé: mi culo no es tan santo como el de ellos, pero hice la prueba y me senté. El asiento era blanco, bastante cómodo y tenía un micrófono a la altura del pecho. Hice el intento pensando en que lo que estaba cometiendo era un sacrilegio. Esperé por mucho tiempo, intenté con el corazón creer que debía sentir algo. Después de largos minutos, y con el peso del pecado en la espalda, no sentí nada. El padre llegó tarde y apurado mirando su reloj de marca. Me miró y lo saludé de manera formal con un buenas tardes; me dijo que me dejara de formalidades con él, que él era más liberal que los otros curas. Era un tipo joven y alto de mirada sincera. Tenía unos grandes ojos café que parecían conocerlo todo, una porción de infinita sabiduría se había posado en su mano, era un tipo relajado y se notaba comprometido con la ayuda social y todo ese tipo de cosas. Sonreía todo el tiempo con alegría. Rápidamente saco una cajetilla de la camisa y encendió un cigarro llenando de azul la pequeña oficina con aires de pobreza, tosió un poco y expulsó una pequeña cantidad de humo. Observé el humo que se diluía lentamente. Tomé mi pauta con las preguntas que había preparado para la entrevista y la guardé... no la necesitaría.
Era difícil empezar. Tomé aire y humo y le dije:
-¿No cree que el Papa ya esta muy viejo para seguir en su cargo? Pienso que todos tenemos que cumplir nuestra vocación hasta el final. Creo que si él piensa que lo puede realizar de la mejor forma, está bien. -¿No se va a poner a discutir con el jefe, cierto?-esbozó una sonrisa disimulada, escondiendo en el fondo que la pregunta le incomodaba. No era tan liberal como me dijo, pensé. No, por supuesto, respondió.
-¿A usted le gustan los niños? -Sí. ¿Parece que algunos colegas suyos también?- Los casos de pedofilia son casos aislados, puntuales. La iglesia en cierta forma se equivocó. ¿En cierta forma? ¿No cree que en muchas formas, o por lo menos, las suficientes? -Se tomaron las medidas en los casos, como te dije, puntuales, y no volverá a ocurrir. Me respondió evitando mis ojos, tratando de desviar su mirada hacia algo que no existía. Supuse que miraba a Dios, y medité en que Él era el que apartaba la vista ahora. Ni yo lo creía, y el tampoco se creía a si mismo, y se supone que él era el que tenia fe, yo la había extraviado por ahí, cerca de la tumba de platón. Ojalá que sea cierto, pensé, los niños de Chile y el mundo se los iban a agradecer.
La iglesia siempre da su opinión en todo. ¿No cree que, a veces, debería quedarse callada? ¿No se les ocurre pensar que a la gente, en algunos casos, pueda no importarles?-Existe una gran mayoría que cree en nuestra opinión o le interesa conocer la postura de la iglesia referente a temas de interés valórico. Chile es un país en su mayoría católico y en un mayor porcentaje cristiano. Por supuesto nosotros somos un referente a la sociedad. Lo dijo todo con cierto aire de triunfo, aire de triunfo que se diluía y se apagaba como el cigarro que tenía en su mano.
Después de un tiempo comencé a aburrirme de sus respuestas. Entendí que ustedes también se aburrirían y no continué con el infierno. Había que darle la extrema unción al aburrimiento y eso hice.
En al actualidad cada uno ve a Dios como quiere. Realmente creo en Dios, en lo que no creo es en sus representantes. Son tan humanos como cualquiera; por lo tanto, tan pecadores como yo. Si no me creen, que alguien lance la primera piedra. Si piensan que no soy tolerante, ¡a quién se crea que es tolerante! Voy a lanzarle la primera piedra por el culo, ven, ¡ no soy tolerante!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
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1 Comments:
Me ha parecido muy, muy, muy bueno. De verdad, Rodrigo, sigue así, Master!!
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