LA MENTIRA DE TROTSKI
Recuerdo el viaje en tren y las caras de las personas que viajaron con nosotros. Todos tristes. No entendía mucho, era el día de mi cumpleaños. Ese día conocería a mi abuela, aunque ya la había visto una vez en la librería de mi papá. Era tan linda como mi madre. Yo quería un carro tanque de regalo que era lo único que me importaba en ese momento, en lo único en que pensaba. Un carro tanque de verdad.
Recuerdo también algunas caras. El tosco sonido de las palabras de los alemanes y sus trajes militares de color plomo, sus botas brillantes, sus caras, tan blancas y de facciones tan duras. Lo que más me impresionaba eran los gritos, aún recuerdo los gritos. En ciertos días fríos siento ecos en mi cabeza, esas voces, ese idioma que no comprendía y que no sonaba nada amable. Recuerdo hombres llorando y la mentira de que los hombres no lloran. El pan una vez al día que devoraba rápidamente casi sin pensar en el pan. Sí, el hambre también. Recuerdo que no había mujeres, y los niños que llegaban desaparecían después de un tiempo en las filas de las duchas, y el olor, otra vez el olor. Y más niños, y menos niños y sólo yo. Y más niños y menos niños y otra vez sólo yo. Desarrollé imaginación en esas literas. Era tan duro dormir, tan difícil. El ronquido de algunos, los quejidos, las pesadillas. Moverse de un lado hacia otro intentando encontrar el mejor lugar que no era ninguno. No había mejor lugar en ese lugar delimitado con alambres y púas, inundado de metralletas y gritos. La frontera imbatible de la supremacía aria. Al causante de todo no lo conocía en esa época, no conocía la guerra y no entendía mucho lo que era la paz. No entendía la izquierda ni la derecha, para mi era las manos que ocupaba al escribir o al comer, no veía mayor diferencia entre el blanco y el negro, entre el judío o el alemán.
Recuerdo que una vez un hombre me dijo que con nosotros hacían botones y jabón. Le pregunté a mi padre y el respondió que era algo ridículo, era imposible que de un hombre saliera jabón y botones. Ahora, cuando los días son distintos, cuando todo es más triste y tenue, me es difícil lavarme las manos o siquiera abrocharme la camisa o un abrigo. Sí, los botones y el jabón, también recuerdo eso. Aun recuerdo el humo que se movía lento por el campo, y ese olor como a carne que se pegaba en la ropa, que no se sacaba con nada, ese olor que con el pasar del tiempo era parte de nosotros. No me gustaba bañarme. Ahora pienso que tuve suerte de no entrar en las duchas con esos niños, ancianos y mujeres.
Los puntos y el premio: un carro tanque. Todo consistía en ganar y ganar puntos, mil en total. Yo debía permanecer callado y escondido mientras mi padre jugaba durante horas. Días enteros en los que solía llegar cansado, días en los que jugaba más que una cantidad de puntos en un juego que sólo existía para nosotros. Días en los que se enredaba con la muerte que patrullaba la alambrada con su traje, casco y metralleta. Y él en su mano la suerte que no lo abandonaba, la mano del mismo brazo en donde le tatuaron un número, todo para construir ese castillo de mentiras que años más tarde se derrumbaría, no con más pena que alegría, no con más alegría que pena. Mi padre, que era el encargado de convertir las pesadillas en sueños, de matizar con belleza y alegría ese infierno.
Una vez se paró delante de todos e hizo de intérprete de un soldado alemán. No entendía nada de alemán, pero su traducción fueron las reglas de nuestro juego. Recuerdo observar eso atento y sorprendido, con los ojos bien abiertos para entender todo. Es que quería mucho mi carro tanque, y ese lugar y mi cumpleaños y mi madre que no la veía hace tanto. Recuerdo cuando llegaba cansado con la cara manchada y me contaba lo difícil que había sido la prueba de ese día, pero que con su esfuerzo y con mi dieta de no exigir merienda, habíamos alcanzado el primer lugar. Algunas veces, cuando estaba asustado, me quería ir. Decía quiero irme, quiero irme. Y mi padre, siempre me convencía de seguir adelante hasta lograr los mil puntos.
Y recuerdo, pero no se si fue un sueño. Caminando en los brazos de mi papá en medio de una neblina, el me hablaba cosas que ahora he olvidado con el paso del tiempo, ahora que estoy más alto y mi voz a cambiado, ahora que me parezco más a él, o así quiero yo que sea, no sé, lo miro una y otra vez en las fotos viejas que guardo en mi cajón. Me decía que todo era un sueño, que al día siguiente nos despertaríamos juntos y en casa. No se si fue un sueño esa noche, esa noche que fue la ultima que vi con vida a mi papá. Mi padre, que era el encargado de mezclar la vida y el juego, de salpicar con su alegría el campo de la muerte.
Mi papá no dejó de jugar nunca el juego de la vida bella en ese infierno. Ahora esos recuerdos encajan como piezas en un rompecabezas. Hasta el último momento cuando camiones llenos y camiones desocupados cruzaban una y otra vez el patio. Y disparos, disparos toda la noche. Alemanes corriendo de un lado hacia otro, corriendo y gritando y actuando rápido, eliminando las pruebas que los podrían inculpar. Ya era demasiado tarde, la historia y mi pueblo no los perdonaría. Hasta el último momento mi padre estuvo con vida y siguió y siguió diciendo que el tanque ya era nuestro, que habíamos logrado los mil puntos, que debía permanecer callado y ocultarme hasta la mañana siguiente en una especie de mueble que tenía una pequeña abertura en donde observé el caos toda la noche, ahí, en ese lugar, vi a mi papá por última vez. Pasó marchando con un pañuelo en el pelo, junto a un oficial del ejército Nazi. Cuando pasó por donde estaba yo, me miró y me cerró un ojo en señal de complicidad. Ahora sólo faltaba esperar hasta que todo fuera silencio, hasta que nadie se moviera, y así fue. La mañana siguiente fue distinta a otras y es lo que más recuerdo de todo. El tiempo a veces va borrando caras sensaciones y olores, a veces ese tipo de cosas no se borran nunca. A pesar de todo ese es el día que más recuerdo. El silencio de aquella fría mañana, el tanque que atravesó el patio del campo de concentración con el soldado americano; mi tanque, ese era mi tanque porque mi padre dijo que habíamos ganado, que lo habíamos hecho juntos. Ese fue su regalo, ese fue su sacrificio por mí y por mi madre. Mil puntos para morirse de risa. Ganamos más que un tanque. Ahora cuando los días no son tan silenciosos, cuando un tanque ya no cruza el patio de ninguna parte. Ahora que mi padre no está. Ahora que yo soy papá. Ahora que todo esto es una mezcla de sueño y alegría, cuando era niño y no me di cuenta de muchas cosas, porque qué niño debería darse cuenta de ese tipo de cosas, ninguno. Si bien recuerdo, es ahora donde todo tiene esa forma amarga y triste, esa forma que tiene la vida, que parece los bordes de un vaso roto manchado con sangre, pero allí la vida era otra, la vida era bella en esos años, no tenía esa máscara oscura ni ese cristal que no deja ver.
Recuerdo también algunas caras. El tosco sonido de las palabras de los alemanes y sus trajes militares de color plomo, sus botas brillantes, sus caras, tan blancas y de facciones tan duras. Lo que más me impresionaba eran los gritos, aún recuerdo los gritos. En ciertos días fríos siento ecos en mi cabeza, esas voces, ese idioma que no comprendía y que no sonaba nada amable. Recuerdo hombres llorando y la mentira de que los hombres no lloran. El pan una vez al día que devoraba rápidamente casi sin pensar en el pan. Sí, el hambre también. Recuerdo que no había mujeres, y los niños que llegaban desaparecían después de un tiempo en las filas de las duchas, y el olor, otra vez el olor. Y más niños, y menos niños y sólo yo. Y más niños y menos niños y otra vez sólo yo. Desarrollé imaginación en esas literas. Era tan duro dormir, tan difícil. El ronquido de algunos, los quejidos, las pesadillas. Moverse de un lado hacia otro intentando encontrar el mejor lugar que no era ninguno. No había mejor lugar en ese lugar delimitado con alambres y púas, inundado de metralletas y gritos. La frontera imbatible de la supremacía aria. Al causante de todo no lo conocía en esa época, no conocía la guerra y no entendía mucho lo que era la paz. No entendía la izquierda ni la derecha, para mi era las manos que ocupaba al escribir o al comer, no veía mayor diferencia entre el blanco y el negro, entre el judío o el alemán.
Recuerdo que una vez un hombre me dijo que con nosotros hacían botones y jabón. Le pregunté a mi padre y el respondió que era algo ridículo, era imposible que de un hombre saliera jabón y botones. Ahora, cuando los días son distintos, cuando todo es más triste y tenue, me es difícil lavarme las manos o siquiera abrocharme la camisa o un abrigo. Sí, los botones y el jabón, también recuerdo eso. Aun recuerdo el humo que se movía lento por el campo, y ese olor como a carne que se pegaba en la ropa, que no se sacaba con nada, ese olor que con el pasar del tiempo era parte de nosotros. No me gustaba bañarme. Ahora pienso que tuve suerte de no entrar en las duchas con esos niños, ancianos y mujeres.
Los puntos y el premio: un carro tanque. Todo consistía en ganar y ganar puntos, mil en total. Yo debía permanecer callado y escondido mientras mi padre jugaba durante horas. Días enteros en los que solía llegar cansado, días en los que jugaba más que una cantidad de puntos en un juego que sólo existía para nosotros. Días en los que se enredaba con la muerte que patrullaba la alambrada con su traje, casco y metralleta. Y él en su mano la suerte que no lo abandonaba, la mano del mismo brazo en donde le tatuaron un número, todo para construir ese castillo de mentiras que años más tarde se derrumbaría, no con más pena que alegría, no con más alegría que pena. Mi padre, que era el encargado de convertir las pesadillas en sueños, de matizar con belleza y alegría ese infierno.
Una vez se paró delante de todos e hizo de intérprete de un soldado alemán. No entendía nada de alemán, pero su traducción fueron las reglas de nuestro juego. Recuerdo observar eso atento y sorprendido, con los ojos bien abiertos para entender todo. Es que quería mucho mi carro tanque, y ese lugar y mi cumpleaños y mi madre que no la veía hace tanto. Recuerdo cuando llegaba cansado con la cara manchada y me contaba lo difícil que había sido la prueba de ese día, pero que con su esfuerzo y con mi dieta de no exigir merienda, habíamos alcanzado el primer lugar. Algunas veces, cuando estaba asustado, me quería ir. Decía quiero irme, quiero irme. Y mi padre, siempre me convencía de seguir adelante hasta lograr los mil puntos.
Y recuerdo, pero no se si fue un sueño. Caminando en los brazos de mi papá en medio de una neblina, el me hablaba cosas que ahora he olvidado con el paso del tiempo, ahora que estoy más alto y mi voz a cambiado, ahora que me parezco más a él, o así quiero yo que sea, no sé, lo miro una y otra vez en las fotos viejas que guardo en mi cajón. Me decía que todo era un sueño, que al día siguiente nos despertaríamos juntos y en casa. No se si fue un sueño esa noche, esa noche que fue la ultima que vi con vida a mi papá. Mi padre, que era el encargado de mezclar la vida y el juego, de salpicar con su alegría el campo de la muerte.
Mi papá no dejó de jugar nunca el juego de la vida bella en ese infierno. Ahora esos recuerdos encajan como piezas en un rompecabezas. Hasta el último momento cuando camiones llenos y camiones desocupados cruzaban una y otra vez el patio. Y disparos, disparos toda la noche. Alemanes corriendo de un lado hacia otro, corriendo y gritando y actuando rápido, eliminando las pruebas que los podrían inculpar. Ya era demasiado tarde, la historia y mi pueblo no los perdonaría. Hasta el último momento mi padre estuvo con vida y siguió y siguió diciendo que el tanque ya era nuestro, que habíamos logrado los mil puntos, que debía permanecer callado y ocultarme hasta la mañana siguiente en una especie de mueble que tenía una pequeña abertura en donde observé el caos toda la noche, ahí, en ese lugar, vi a mi papá por última vez. Pasó marchando con un pañuelo en el pelo, junto a un oficial del ejército Nazi. Cuando pasó por donde estaba yo, me miró y me cerró un ojo en señal de complicidad. Ahora sólo faltaba esperar hasta que todo fuera silencio, hasta que nadie se moviera, y así fue. La mañana siguiente fue distinta a otras y es lo que más recuerdo de todo. El tiempo a veces va borrando caras sensaciones y olores, a veces ese tipo de cosas no se borran nunca. A pesar de todo ese es el día que más recuerdo. El silencio de aquella fría mañana, el tanque que atravesó el patio del campo de concentración con el soldado americano; mi tanque, ese era mi tanque porque mi padre dijo que habíamos ganado, que lo habíamos hecho juntos. Ese fue su regalo, ese fue su sacrificio por mí y por mi madre. Mil puntos para morirse de risa. Ganamos más que un tanque. Ahora cuando los días no son tan silenciosos, cuando un tanque ya no cruza el patio de ninguna parte. Ahora que mi padre no está. Ahora que yo soy papá. Ahora que todo esto es una mezcla de sueño y alegría, cuando era niño y no me di cuenta de muchas cosas, porque qué niño debería darse cuenta de ese tipo de cosas, ninguno. Si bien recuerdo, es ahora donde todo tiene esa forma amarga y triste, esa forma que tiene la vida, que parece los bordes de un vaso roto manchado con sangre, pero allí la vida era otra, la vida era bella en esos años, no tenía esa máscara oscura ni ese cristal que no deja ver.
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