LA TRINIDAD INVERTIDA
Uno más oscuro, el primero, jugaba entre el blanco y el negro, clavado como un mástil gritaba al mundo su sátira, envuelta en líneas y dibujos mágicos, pesadillas y demonios enmascarados con luces y sombras. Y los ojos de esos dibujos parecían los ojos y el rostro de un esquizofrénico que espanta sus fantasmas batiendo las manos cerca de una cruz roja, de una cruz de sangre que carga sobre sus hombros. Lo más impresionante fueron los ojos que se escapaban de las orbitas, y ya no era un cuadro era un espejo, lo pude ver en el reflejo de luz que chocaba frente al cuadro. Sus ojos eran mis ojos. El cielo de este infierno era de un suave color rosado y se mezclaba con el azul de de los pilares que sostenían ese cielo. Este era el primer piso y el comienzo de la peregrinación. Los límites eran unas cuerdas que encerraban todo como en un ring de boxeo, y éramos boxeadores sin ánimo de golpear y con los brazos rotos, preparados para recibir los constantes y rítmicos golpes del destino. Y así avanzábamos, me resistía a seguir la fila. Soy rebelde hasta en el infierno, pensé. Mientras a nuestro encuentro salían celestinas y prostitutas entre risas y falsedad, con su alma en base a tonalidades de grises que se plasmaban en marcos de color café, unos más grandes que otros. Afuera el sol estaba alto y permanecía estático en su agonía. Adentro el aire era fresco y se respiraba bien, el calor no era una virtud de este lugar. Un buen ambiente para arder en las llamas de la extinguida indolencia. Y seguí caminando y mis pasos cada vez más lentos y mis ojos se movían para captarlo todo, y no podía detener la sonrisa que flotaba entre aquellas luces, se escapa, solo quería huir y fundirse en las paredes del lugar. Al llegar al final del primer nivel los toros y los toreros tomaron protagonismo. Y son los recuerdos los que estallan del muro y yo no tengo traje ni piel de torero, y soy tan descoordinado que no intento hacer una media verónica por temor al ridículo. La onda expansiva del arte me atrapa y no cierro los ojos para no perderme el final del primer nivel.
Bajar no fue una tarea ardua, mas bien bajar el siguiente nivel fue un sueño. Al final de las escaleras que conducían al segundo viaje de nuestra peregrinación pude ver al segundo dios: en blanco y negro, con los ojos abiertos y los brazos cruzados sentado en un trono permanecía observando su reino y sólo dejaba entrar a los que se habían atrevido a llegar hasta allí. Y este era un dios más musical que combinaba sus acordes con poemas de colores, con palabras de colores, con la métrica exacta del surrealismo. Y así era él, colores y manchas escupidos con la fuerza del arte, que emerge y sobrevuela con la cotidianidad de lo inalcanzable, del primer pensamiento como único y mejor pensamiento. Y rectángulos y círculos, y en ellos sólo una vez el amarillo. No puedo dejar de observar la mancha del primer cuadro de la esquina, e imagino que ese fondo negro y esas imágenes fueron arrancadas de los sueños de este músico, y que esos trazos son lo que se esconde en la cabeza del dios, y él rasgó ese velo para mostrarnos su cerebro abierto, en la lobotomía del sacrifico artístico. Y se desangra como todo, pero su sangre al igual que sus acordes son tan puros y transparentes como la mejor sinfonía de Mozart. Y un par de personas se acercan y uno le dice al otro, ¿qué significa esto? El otro observa detenidamente y responde: no significa nada. Y eso si que es ser un rebelde metafísico en el mismo infierno, aunque pienso que es mas temor e ignorancia, se parece más a la cobardía del que no quiere sentir. Y percibo en el suelo un quejido, y pienso que es el dios musical del segundo nivel que se retuerce en su tumba. Que se muerde los labios por semejante ofensa, pero son sólo los peregrinos que me acompañan en el viaje, no hay nada que temer. Y al terminar el segundo nivel no dejó de contar las palabras, cuento los colores como un matemático que descubre los número en algo tan lejano como el mar. Abandonó el dios musical del segundo nivel que envuelve las paredes con su arte, pero me llevo conmigo la sensación visual de su poesía, el ritmo de sus palabras, el color de su métrica, los sueños como ideas escupidas desde el inconsciente. Dejo las paredes y al segundo dios que me recibió en las escaleras.
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